AUTORA: DIONNE BELTRAO

Presión, ritmo frenético, actividad continua y sin pausa, altos niveles de exigencia, sensación de no llegar e incertidumbre ¿Os suenan estas situaciones, están presentes en tu vida y en tu trabajo?

Muchos las conocemos muy bien e incluso forman parte de nuestra dinámica diaria y entorno. Lo tenemos tan normalizado que, ¿te has parado a pensar cuál es el precio que estamos pagando? Éste es lo que llamamos estrés ¿Cómo crees que nos afecta? Y, lo más importante, ¿Qué podemos hacer para manejarlo mejor?

Comprender qué es el estrés 

Aunque el estrés tiene muy mala fama es, en realidad, una reacción del organismo que nos ayuda a enfrentarnos a situaciones que percibimos como una amenaza ¡El estrés nos puede salvar la vida!

Es pura supervivencia y adaptación al entorno, nos ayuda a movernos rápido, nos da los recursos y la energía para poder afrontar y responder a las demandas con las que vivimos. E incluso, un cierto nivel de estrés puede ayudarnos a activarnos, a ser más productivos, a poner foco y a tener mayor motivación. Entonces, ¿cuál es el problema? Éste reside en cómo nuestro cuerpo percibe el estrés y cómo responde ante él ¿La amenaza es real o ficticia? ¿Es puntual o se prolonga en el tiempo? 

El estrés puede convertirse en crónico cuando exigimos a nuestro cuerpo un enorme desgaste energético sin darle tregua, ni espacio para que descanse.  Desde el punto de vista de las estadísticas, ya llevamos años con señales de alarma. La OMS, la comunidad médica y muchas organizaciones han alertado sobre esta realidad: sus trabajadores padecen altos niveles de estrés, afectando a su salud física, mental y emocional

Mindfulness para gestionar el estrés 

Cada uno tiene sus propias estrategias para afrontar el exceso de estrés. Hacemos lo que sabemos o lo que sentimos que somos capaces. A veces, estas estrategias son útiles y adaptativas y, en otras ocasiones, lo único que hacen es acrecentar los daños que generan.  La alimentación, la falta de descanso y la inadecuada expresión emocional pueden ser factores que pueden aumentar o disminuir su impacto, y no siempre tenemos claro cómo gestionarlo. 

Como respuesta a estas situaciones, la práctica del Mindfulness tiene amplia evidencia científica que demuestra que podemos desarrollar recursos internos para poder desactivar nuestra reacción dañina ante el estrés. Nos ayuda a parar, a detenernos para darnos cuenta de cuáles son mis estresores y de qué necesito en cada momento. Es decir, te da claridad en momentos de confusión.   

El Mindfulness no es sólo una serie de técnicas milenarias, sino una manera de relacionarnos con nosotros mismos, con el trabajo y, en general, con nuestra vida. Debido a la plasticidad del cerebro, podemos entrenarlo en cualquier momento y de forma muy sencilla y práctica. No es necesario irnos a un retiro lejos en las montañas ni encender velas e incienso. Podemos practicarlo en nuestro trabajo, cuando comemos, caminamos o conducimos. Sólo requiere un poco de disciplina, atención y muchas ganas e intención de poner mayor bienestar en nuestra vida. 

Y mi pregunta es… ¿Cuándo empezamos?